viernes, septiembre 29, 2017

Negociar con uno mismo

Negociar con uno mismo

Cuando algo nos produce malestar y debemos encontrar y poner en práctica soluciones, no siempre nos apetece dar los pasos necesarios para llevarlas a término. Pongamos algunos ejemplos cotidianos: “mi jefe espera que acabe de encuadernar hoy un documento, pero lo voy posponiendo para la tarde, porque me aburre la tarea”, “tengo que ir al dentista a que me revise una caries, pero cada semana me digo que lo haré y siempre lo dejo un poco más”, “tengo que ir a prepararme la comida, me digo que voy a ir enseguida, pero como estoy acabando una tarea con el ordenador cada cinco minutos negocio conmigo otros cinco minutos más”; ante una ruptura de pareja: “sé que no tengo que llamar a Pepe. El me pidió tiempo, pero lo echo tanto de menos que le voy a poner un mensaje para saber cómo le va”.
Es un hecho que cuanto más negocias hacer o no una determinada tarea, los estados de alerta a nivel emocional y físico tienden a dispararse. No poder comprometerse definitivamente con una de las opciones de las que disponemos favorece la esperanza de poder evitar pasarlo mal.
El deseo de negociar con uno mismo crece especialmente en las situaciones en las que tenemos que resolver algo. Desde el punto de vista del psicólogo clínico, más en concreto desde la terapia psicológica, son muchas las tareas que se proponen a los pacientes para que superen sus miedos, ansiedades, o tristezas… Se busca que cada persona conozca cuáles parecen ser los mejores caminos para conseguirlo, pero no siempre tienen la motivación para afrontarlo. Es muy importante para alcanzar las metas propuestas que no haya demasiadas negociaciones con uno mismo. Si no se está del todo convencido de que merece la pena afrontar la sensación de malestar para conseguir después un beneficio, es preferible no exponerse demasiado a las situaciones que bloquean. Lo más habitual es que las sensaciones negativas se disparen y que se produzca una mala interpretación de lo que ha ocurrido: “nunca lo voy a conseguir”, “soy incapaz de hacerlo”, “esto es imposible”… En estos casos lo normal es que el propio proceso de decisión sobre si lo hago o no, sea el que potencie las sensaciones de alerta, impotencia y fracaso.
Es importante tener cuidado con las negociaciones internas y calibrar bien el nivel de malestar que nos produce. Entenderlo ayudará a comprometerse con las soluciones o alternativas elegidas y favorecerá el estado de calma.
Como tantas veces se observa en psicología, el obtener un alivio a corto plazo determina muy a menudo la toma de una decisión. Si no se ve claramente el perjuicio, o el alivio es muy grande, se opta frecuentemente por esta opción. La opción de estar mal primero para después estar mejor, suele ser menos apetecible.
Por tanto el poder tomar decisiones sobre afrontar o no una situación, junto con las características de personalidad obsesiva, pueden potenciar sobremanera los bloqueos, favoreciendo que la mejor opción ante un problema sea la de procrastinar. Aprovecho para recordar la definición de esta palabra: deja para mañana lo que puedas hacer hoy. Es un lema que se potencia mucho en aquellos que sólo quieren tomar decisiones cuando se garantizan que las consecuencias de sus actos no van a ser negativas. No tiene que ser una actitud de evitación generalizada en la vida, pero en las áreas en las que resulte más complicado asumir determinados riesgos será muy frecuente procrastinar y negociar con uno mismo. Cuanto más racional sea la persona que procrastina, más argumentos necesitará darse para permitirse no tomar la decisión y no verse desbordado por la culpa.
Las dificultades para tomar decisiones, los miedos sobre sus consecuencias a menudo llevan a las personas a dejar que las decisiones se alarguen en el tiempo, pudiendo hacer interpretaciones como la de que ha sido la mala suerte la que ha precipitado que las cosas fueran de una determinada manera.

Tomado de: http://gabinetedepsicologia.com/negociar-con-uno-mismo-psicologos-madrid-tres-cantos

jueves, septiembre 28, 2017

Los 8 beneficios de la asertividad

Los 8 beneficios de la asertividad

La asertividad es una estrategia de comunicación que permite defender nuestros derechos y expresar nuestra opinión de manera libre y clara desde el respeto propio y ajeno. Ahora bien... ¿en qué nos es útil, exactamente, en nuestro día a día?

Aprender a decir "no"

La persona asertiva sabe decir “no” y es capaz de mostrar sus opiniones y posicionamientos de forma clara (por ejemplo, manifestando un razonamiento con el fin de justificar una idea, un sentimiento o una petición). La persona asertiva expresa comprensión hacia las visiones, los sentimientos y las demandas de los demás. Conoce sus propios derechos y los defiende intentando no ir “a ganar”, sino a llegar a un acuerdo.

Su habla es fluida y segura. Mantiene un contacto ocular directo (sin ser desafiante) y una posición corporal relajada. Además posee capacidad para discrepar abiertamente dando forma a los propios gustos e intereses, pidiendo aclaraciones y diciendo “no” cuando sea necesario. Los sentimientos que frecuentemente van asociados a la persona asertiva responden a una buena autoestima, una sensación de control emocional y una elevada satisfacción en las relaciones personales.

¿Qué caracteriza al estilo comunicativo pasivo?

La persona pasiva muestra escasa ambición, pocos deseos y principios. Defiende a los demás pero no defiende sus intereses personales. El comportamiento que habitualmente observamos viene caracterizado por un tono de voz bajo, un habla poco fluida y la evitación del contacto ocular.

La persona sumisa denota una importante inseguridad sobre el propio discurso (“lo que pueda decir no es importante”) y su figura en relación a los otros (“no participo para no molestar”), al mismo tiempo que manifiesta frecuentes quejas a terceros (“esta persona no me entiende”). Los sentimientos más recurrentes de la persona pasiva están relacionados con la impotencia, la culpabilidad, la frustración, y la baja autoestima.

¿Y qué caracteriza al estilo comunicativo agresivo?

La persona agresiva defiende en exceso los derechos e intereses personales sin tener en cuenta los de los demás (en ocasiones, no los tiene en cuenta, otras, carece de habilidades para afrontar ciertas situaciones). El comportamiento que a menudo observamos desde este estilo comunicativo es un tono de voz elevado, un habla tajante, un ritmo de conversación rápido y precipitado, un contacto ocular retador, y una clara tendencia al contraataque.

Algunos de los pensamientos que puede presentar la persona agresiva son: “lo que tú pienses no me interesa, únicamente importo yo”, “no cometo errores”, “la gente debería ser como yo”, etc. La ansiedad creciente, la soledad, la culpa, la sensación de falta de control, la frustración y la baja autoestima son sentimientos que están íntimamente ligados.

¿A qué puede deberse la falta de asertividad?

Existen cuatro causas principales por las cuales una persona puede presentar problemas de asertividad:
La primera causa la observamos cuando la persona no ha aprendido a ser asertiva o lo ha hecho de un modo inadecuado. Las conductas o habilidades para ser asertivo se aprenden; son hábitos o patrones de conducta. No existe una personalidad innata asertiva o no asertiva.

La conducta asertiva se aprende por imitación y refuerzo (padres, abuelos, tutores y amigos son algunos modelos). En el aprendizaje de una persona no asertiva puede que haya existidoun castigo sistemático a las conductas asertivas, una falta de refuerzo a las mismas, o que el refuerzo hacia las conductas pasivas o agresivas haya sido mayor (por ejemplo en el caso de una persona pasiva que, gracias a la fragilidad, haya recibido una atención extra).

La segunda causa aparece cuando la persona conoce la conducta apropiada pero la ansiedad le impide llevarla a cabo. En este caso existe una asociación con una/s experiencia/s altamente desagradable/s y traumática/s que ha podido limitar o bloquear la respuesta asertiva.

La tercera causa es aquella en que la persona no conoce o rechaza sus derechos (por ejemplo fruto de una educación que ha convertido a aquel individuo en sumiso).

Y finalmente la cuarta causa la vemos cuando la persona posee unos patrones irracionales de pensamiento (esquemas mentales concretos y creencias asociadas) que le impiden actuar de forma asertiva

¿Está relacionado con el amor propio?

Ser asertivos nos ayuda a ser tratados con respeto y dignidad, a expresar los propios sentimientos y opiniones, a ser escuchados, a saber decir no sin sentir culpa, a hacer peticiones, a ser independientes, a gozar y disfrutar, a sentirnos relajados y dedicar un tiempo para nosotros.

El hecho de establecer una comunicación poco asertiva puede provocar conflictos interpersonales, frustración, sentimientos de culpa, baja autoestima, tensión, soledad, y pérdida de control. Con un estilo de comunicación asertivo uno resuelve más fácilmente los problemas, se siente más relajado, más a gusto consigo mismo, satisfecho y, de este modo, obtiene más fácilmente lo que desea sin generar conflictos.

¿Podemos entrenar este hábito?

Por supuesto. Recordemos que no nacemos siendo personas asertivas, la conducta asertiva se aprende. Una buena manera de empezar a ser asertivos es utilizando las siguientes frases al iniciar una conversación:
  • Yo pienso…
  • Mi opinión es…
  • Me gustaría…
El objetivo es elaborar un discurso y ofrecerle un espacio en el momento de interaccionar con los demás con el fin de permitir y permitirse ser escuchado.

Los beneficios de la asertividad

Ser una persona asertiva tiene una serie de beneficios. Son los siguientes:
  • La asertividad nos permite tener una mayor sensación de control sobre el entorno y sobre nosotros mismos.
  • Tener control sobre uno mismo y poner límites mejora la autoestima.
  • La asertividad no busca el conflicto, sino que se basa en la comunicación eficiente y, por tanto, empodera a la persona.
  • Mejora el bienestar y la satisfacción vital y ayuda a vivir situaciones y experiencias más gratificantes.
  • Mejora la comunicación entre los actores de una relación.
  • Provoca una mejora en las relaciones interpersonales que es fruto de una mejor comunicación, honestidad y sinceridad.
  • Mejora el autoconocimiento y la gestión emocional.
  • Permite resolver conflictos y evitar que los problemas se magnifiquen fruto de la no expresión de las necesidades y las emociones de uno mismo.  

miércoles, septiembre 27, 2017

Cómo pedir perdón

Cómo pedir perdón

Pedir perdón cuando el momento lo requiere es una de esas habilidades que, por sencillas que parezcan, marcan la diferencia en las relaciones personales. Y es que hay gente que experimenta serios problemas a la hora de disculparse, incluso aunque la otra persona sea alguien querido con quien se tiene confianza.
Pero, al igual que ocurre con muchas otras capacidades, es posible aprender cómo pedir perdón a alguien querido o incluso a alguien con quien se tiene una relación más formal o profesional. A continuación veremos cuáles son las claves para conseguirlo.

Cómo pedir perdón: varios consejos

Para aprender a pedir disculpas hay que modificar ciertos hábitos y creencias relacionadas con la autoimagen y con las expectativas acerca de cómo deben ser las relaciones sociales. Veámoslo en profundidad.

1. Interioriza la idea de que nadie es perfecto

Muchas personas que experimentan dificultades a la hora de disculparse en realidad tienen unas expectativas poco realistas acerca de cómo deben ser percibidas por los demás.
Concretamente, son excesivamente perfeccionistas, y sienten un rechazo a la idea de pedir perdón porque ven esto como una escenificación de su propio fracaso. Es decir, una acción que, al ser vista por más personas, hace que algo subjetivo ("tengo motivos para pedir perdón") quede objetivado.
Así, pedir perdón a alguien supone realizar un esfuerzo que, a la vez, contradice la propia autoimagen, muy idealizada.
Sin embargo, hay que tener claro que nadie es perfecto. Incluso las grandes figuras históricas, las más admiradas, vistas desde el presente están llenas de fallos, incluso errores que los niños de hoy día no cometerían.

2. Sal del bucle de autocrítica

Muchas personas empiezan a juzgarse a sí mismas con crueldad por no pedir perdón. Sin embargo, esto es por un lado innecesario y poco razonable, y por el otro una excusa que justifica la ausencia de unas disculpas como es debido. Es decir, se trata de una estrategia para purgar responsabilidades sin tener que pedir perdón y haciendo que todo quede "de puertas para adentro", sin que nadie más que uno mismo pueda beneficiarse de esto.
Por eso es importante reconocer esta rutina de pensamientos como lo que es: una excusa. Hay que romper con este ritual cognitivo.

3. Practica la aceptación del error

La aceptación del error es la actitud más madura Nadie puede escapar de las equivocaciones, tal y como hemos visto.
Por eso, es bueno que te acostumbres a realizar pequeños rituales de disculpa, aunque al principio tan solo sea pedir perdón por las pequeñas cosas del día a día. El mismo hecho de hacer esto de manera repetida, aumentando progresivamente la importancia del contexto en el que pedimos disculpas, nos predispone a seguir haciéndolo de manera espontánea.

Es crucial que dediques esfuerzos a empatizar, ponerte en el lugar de la otra persona cognitiva y emocionalmente. Para ello, haz justamente eso: imagina que eres esa persona y que ves las cosas desde su punto de vista. Si te acostumbras a hacer esto en momentos con una carga emocional significativa, poco a poco te costará menos empatizar de manera espontánea.

5. Concéntrate en detectar las molestias causadas

Quien se propone pedir perdón pero no lo consigue, seguramente tampoco ve la magnitud de los daños y molestias que ha causado. De algún modo, el propio orgullo es más importante que reconocerle a la otra persona que está en una situación injusta.
Es por eso que hay que pararse a reflexionar acerca del daño que se ha hecho; no solo en lo más superficial y aparente, sino también en los detalles y efectos indirectos que nuestras acciones han causado.
Por ejemplo, llegar muy tarde a una reunión no solo implica pasar unos minutos de incomodidad esperando; también implica perder parte del día, o incluso quedar en una situación de vulnerabilidad si se trata de una reunión con potenciales clientes, por ejemplo.

6. Haz un guión sencillo

Las primeras veces que intentes pedir perdón esforzándote por que todo salga como es debido, es posible que experimentes un grado relativamente alto de ansiedad. Este estado de activación puede hacer que caigas en un patrón de comportamiento algo caótico y desorganizado.
Es por eso que lo mejor es realizar un pequeño guión acerca de lo que tienes que decir yhacer. Eso sí, debe ser muy sencillo y breve, con dos o tres ideas de una línea, y nada más. Si te escribes literalmente todo lo que quieres decir, es posible que esto te genere aún más estrés, ya que acordarte de todo es un trabajo extra que en realidad no tienes por qué hacer.
Simplemente, recuerda las ideas que estructuran tu disculpa y exprésalas tal y como te salgan en el momento. Seguramente no te saldrá perfecto, pero esto es normal.

7. Observa lo que ocurre

Ver cómo reacciona la otra persona después de que nos hayamos disculpado es, aunque no lo parezca, la parte más importante del proceso de aprender a decir perdón. El motivo es que en realidad esto no es algo que hagamos para nosotros, sino para la otra persona. Por eso s punto de vista nos ayudará a limar las imperfecciones de nuestra forma de comunicarnos y nos permitirá ayudar al otro en lo que necesite en ese momento para sentirse mejor.

martes, septiembre 26, 2017

Los cambios: tomar decisiones


Los cambios: tomar decisiones


El que quiere llegar a algo busca caminos. El que no quiere llegar, busca excusas.
Anhelar dar un giro a mi vida, renovarme en algún aspecto, superar una dificultad con la que tropiezo una y otra vez… todo esto conlleva un VERDADERO CAMBIO REAL, no un cambio fantaseado.Desear un cambio y no tomar decisiones para lograrlo, es un “estado pasivo” que nos bloquea y nos desgasta.
Tomar decisiones para cambiar suele ser algo deseado y temido a la vez: por un lado necesito hacer algo distinto y salir de la insatisfacción, por otro prefiero la comodidad de lo conocido, y me inquieta la incertidumbre.

¿Cómo enfrentarlo?

Reflexiona ¿Estoy dispuesto a cambiar? El mayor freno para lograr un cambio es ni siquiera creerlo posible.  Con las típicas frases: “no depende de mí, depende de muchas cosas” “soy así, no puedo evitarlo” “más vale malo conocido” “tal y como está todo no se puede hacer nada”… se niega la capacidad de cambiar. Poner la causa de los problemas fuera (en los demás, la mala suerte, el pasado vivido, las circunstancias…) elude la responsabilidad.
La desidealización: no hay una decisión “correcta” ni perfecta. Nunca va a salir como imaginamos, por tanto ponemos excusas para no cambiar porque en la mente se mantiene el ideal.
Ejemplos! “me gustaría irme a vivir al campo y cultivar mis tomates” “si tuviera un trabajo ideal sería feliz” “si tuviera pareja, o ganara más dinero, o fuera más delgada, o viviera en otro país”….
Dejar la fantasía y pasar a la realidad: pasar a la ACCIÓN, hacer, decir, probar. Recoger información real para contrastarla y que no quede en suposiciones e hipótesis rumiando en nuestra cabeza.
* Ojo! Esto no significa comprometerme con lo que vaya viendo, puedo decidir no hacerlo. Esto impide que nos arrebatemos en decisiones impulsivas sin pensar, (como reacción a la sensación de estar atascados), vamos a movernos poco a poco…..es un proceso.
La renuncia: el clásico “Todo no se puede”. Si nos cuesta cambiar es porque en el fondo nos cuesta dejar atrás algo que tenemos ahora. Por muy mala que nos parezca la situación, si nos mantenemos en ella es porque hay ventajas inconscientes. Elegir significa renunciar a algo para poder avanzar.
Romper hábitos: “Quien hace siempre lo mismo, difícilmente obtendrá un resultado diferente”.Si deseas cambiar, sentir algo distinto, resolver una situación, HAY QUE HACER O DECIR algo diferente, salir del camino acostumbrado, realizar algo nuevo, aunque sea pequeño, romper la inercia,… Un cambio pequeñito puede tener un efecto expansivo y generar cambios cada vez mayores. Se flexible, abre nuevas alternativas, échale creatividad y no te dejes arrastrar por lo de siempre.
Enredarse en el Bucle: muchas veces se busca un cambio, pero sin saber qué es lo que se desea cambiar. Esto ocurre porque centramos nuestra energía en la queja, en los obstáculos, en lugar de mirar más allá.

Es “un malestar confortable”: nos quejamos, hablando y hablando sobre lo que disgusta o alimentando las enormes dificultades que impiden cambiar. “Centrar la atención en las dificultades hace que crezcan” cuanto más explicamos las quejas, más confusión, más absorbidos en las propias circunstancias y más posponemos. ¡Así nos enfocamos más en el problema que en la solución! lo que supone un mecanismo para seguir igual…. “Un obstáculo es lo que se ve al desviar los ojos del objetivo”, por tanto, enfocar tu atención hacia un futuro deseado permite encaminarte al cambio.
Cuidado con las ensoñaciones:  al imaginar la meta a la que me gustaría llegar, si es realista, tendré una idea más clara del trayecto y las etapas que implica el cambio. Pero una distancia demasiado larga crean expectativas irrealistas que me bloquean, por tanto es preciso plantearse pequeños objetivos a corto plazo, saborear pequeñas victorias y disfrutar el camino.
Miedos: Los cambios a menudo implican decisiones difíciles, despedirse de algo familiar, afrontar la incertidumbre de lo desconocido… Es lógico que desestabilicen y provoquen miedo o estrés. Temores del tipo “no seré capaz”, “es demasiado difícil” o “he malgastado mucho tiempo”. Este diálogo interno crea una sensación de incapacidad limitante. Pero…. el miedo sólo se pasa cuando nos atrevemos a hacer algo, nunca antes.
El Riesgo: El cambio conlleva riesgo. Cualquier elección supone una apuesta que puede llevar a ganar o a perder en algún aspecto. Pero a veces puede ser más peligroso quedarse quieto. “Y llegó el día en que el riesgo que corría por permanecer dentro del capullo era más doloroso que el que corría por florecer” Anaïs Nin.
En el fondo: tomar decisiones supone “crecer”, porque significa hacerse cargo de uno mismo, hacerse cargo de las decisiones, riesgos y consecuencias. Cuando éramos pequeños los adultos tomaban decisiones por nosotros, ahora nuestra cabeza cree que “si no tomamos decisiones” se crea una falsa sensación de que alguien nos cuida.

En definitiva…

….el cambio no sólo es posible, sino inevitable, las personas cambiamos constantemente. Muchas veces hay transformaciones personales a raíz de una situación crítica, (crisis significa cambio).
No decidir es dejarnos llevar por el tiempo, el cual acota las posibilidades y decide por nosotros, ¿eso es lo que quieres?
Además el deseo de cambiar no realizado, la pasividad, la duda, los miedos, el estancamiento, la sensación de “no vivir, solo ver pasar las cosas”…… todo esto pasa factura creando una honda insatisfacción personal,  y tan solo descubriremos un nuevo horizonte si estamos dispuestos a cambiar.
“Para crecer hay que renunciar temporalmente a la seguridad” G. Sheehy

Tomado de :http://psicologiaypsicoterapia.com/los-cambios-tomar-decisiones/

lunes, septiembre 25, 2017

La ironía y el sarcasmo


La ironía y el sarcasmo 


El uso continuado de la ironía, lejos de ser un rasgo de elegante ingenio, puede llegar a ser en realidad un arma de doble filo con la que minar nuestra autoestima. Bien es cierto que en ocasiones, este recurso puede parecernos muy original, y que quienes lo utilizan, pueden a veces darnos una falsa imagen de sutil atractivo y sentido del humor.

En el mundo del cine, las series de televisión e incluso en la literatura, nos encontramos a menudo con este tipo de personajes tan hábiles en el uso de la ironía y el sarcasmo. Ahora bien ¿Qué hay en realidad detrás de sus personalidades? Individualismo, algo de prepotencia y un peculiar talento para despreciar a quienes están a su alrededor.

El creador de la “ironía mala” suele lanzarnos comentarios que buscan en realidad, ponernos en evidencia de algo. Y para ello, no dudan en usar el sarcasmo para atacarnos del modo más sutil y particular posible, pero aún así, sigue siendo una ofensa. ¿Has recibido en alguna ocasión este tipo de frases malintencionadas? Hablemos hoy sobre ello y aprendamos también a defendernos.

Los límites de la ironía

A menudo suele decirse que para fomentar la felicidad cotidiana, nunca está de más practicar el sentido del humor e incluso el burlarnos de nosotros mismos. Es quizá un modo de relativizar las cosas y de ser también, algo más humildes.

Nunca viene mal destensar un poco una situación con una frase irónica. Es un rasgo ingenioso y nos ayuda a sonreír. Esto es lo que llamamos sin duda “ironía positiva”, ésa que no hace daño y que no busca atacar a nadie. No obstante, no podemos pasar por alto esa otra que pretende, “conscientemente”,  hacer daño a quien se tiene en frente.

Pensemos en esas relaciones tóxicas de pareja donde uno de los miembros ejerce el control sobre la otra persona. El uso continuado de la ironía o el sarcasmo es un modo de dominar a la vez que de humillar, de subestimar nuestra valía, de desmotivarnos y de quitarnos día a día la energía.

El psicólogo argentino Bernardo Stamateas, nos explica que el recurso de la ironía y el sarcasmo es muy habitual en los perfiles de las personas tóxicas. Ya sean nuestras parejas, compañeros de trabajo e incluso nuestros familiares, la finalidad siempre es la misma: minar lentamente nuestra motivación y el valor que tenemos de nosotros mismos. “Si tú disminuyes, si tú te ves cada vez más pequeño y frágil, ellos adquirirán poder y tendrán más control sobre tu persona”

Los artesanos de esta ironía malintecionada, tienen muchas máscaras, y aunque es posible que bajo ellas se esconda una baja autoestima o una falta de seguridad en sí mismos, debes ir con cuidado para saber poner límites. Para lograr que no te destruyan por dentro.

Cómo defendernos de la ironía negativa

Si en tu entorno personal o laboral, existe una persona habituada a utilizar el recurso de la ironía desde su vertiente más negativa, debes saber que hay que ponerle unos límites determinados lo antes posible. De no hacerlo, de permitir que se nos vulnere y ataque, es posible que día a día “su arte” vaya a más y que le permitamos tener más poder.

Un recurso puntual puede convertirse en hábito, y el hábito en dominación cuando perciben que tienen éxito y que consiguen humillarnos. No lo permitas, no dejes que te hieran con el ese tipo de ironías en ninguna ocasión.

Te explicamos de modo sencillo como defenderte.

1. Recibimos un comentario irónico. ¿Qué es lo primero que debemos hacer? Piensa y analiza lo que te han dicho, no te precipites a decir lo primero que te venga a la cabeza. Hay personas muy hábiles con el recurso del sarcasmo, así que es posible que no haya ningún ataque sobre tu persona. Guarda silencio y mantén la tranquilidad mientras analizas las palabras que te han dirigido.

2. ¿Te han atacado? ¿Han vulnerado tu autoestima? Lo último que debes hacer es devolverle otra ironía, porque de hacerlo, entramos en su mismo juego. Un juego cobarde donde no se dicen las palabras directas y con sinceridad. Tú eres una persona íntegra y no necesitas jugar con los términos ni con las personas para decir lo que piensas.

3. Ahora di en voz alta lo que ha querido decir esta persona en cuestión, sin utilizar ironías: ¿Me estás llamando cobarde? ¿Me estás diciendo que yo no soy capaz de hacer esto? ¿Piensas que soy menos válido/a que tú? Expón la ofensa en toda su crudeza para que la otra persona reaccione y la argumente, hazlo de forma tranquila y con aplomo, esperando que quien tengas delante, pueda argumentarse.

La ironía, lejos de un escenario teatral, siempre suele ser dañina. Nunca permitas que ironicen sobre tu persona o sobre tus capacidades.



Tomado de: https://lamenteesmaravillosa.com/artesanos-de-la-ironia-y-el-sarcasmo-personalidades-toxicas/

CÓMO DETECTAR Y FRENAR A UN MANIPULADOR

CÓMO DETECTAR Y FRENAR A UN MANIPULADOR

Son personas que a menudo se disfrazan de corderos pero que en realidad son lobos dispuestos a atacar donde más te duele con tal de lograr sus objetivos. No dudan en pedirte que antepongas sus necesidades a las tuyas y ni siquiera se sienten agradecidos cuando lo haces. Los manipuladores juegan con tus emociones, generan un profundo sentimiento de culpa y una falta de confianza en tus capacidades, de manera que terminas siendo una pieza más dentro de su juego. 

La manipulación psicológica implica ejercer una influencia a través de la distorsión mental y la explotación emocional, con la clara intención de tomar el poder o el control y obtener algunos beneficios o privilegios a expensas de la víctima. El manipulador es consciente de sus actos, actúa deliberadamente creando un desequilibrio de poder que le permite inclinar la balanza a su favor y explotar a la otra persona.

Cuando esta situación se repite a lo largo del tiempo, corres el riesgo de llevar una vida que no es la que deseas pues, sin darte cuenta, te has puesto a sus órdenes y has supeditado tus necesidades y deseos a los suyos. 

¿Cómo actúa un manipulador?

En muchas ocasiones la persona manipuladora es alguien cercano, alguien que incluso estimamos, por lo que no siempre es fácil desvelar sus verdaderas intenciones. No obstante, lo cierto es que la mayoría de los manipuladores tienen un modus operandi  similar, un patrón de comportamiento que se repite continuamente:

1. Son verdaderos especialistas en detectar tus debilidades. Todos tenemos puntos débiles, defectos o aspectos de los cuales no nos sentimos particularmente orgullosos o seguros, los manipuladores tienen una especie de sexto sentido para descubrir esas debilidades y usarlas a su favor.

2. Urden un plan para alcanzar sus intereses. Las personas manipuladoras no suelen tener muchos escrúpulos morales, una vez que detectan tu punto débil, lo usarán para manipularte. En su mente se activa un mecanismo maquiavélico para urdir el plan que te hará renunciar a tus necesidades y valores, anteponiendo los suyos. De esta forma, y prácticamente sin darte cuenta, caes en sus redes.

3. Para sentirse satisfechos, necesitan cada vez más. La manipulación es poder, y este puede llegar a ser tan adictivo como cualquier droga. Por eso, una vez que el manipulador ha apresado a su víctima, la utiliza para lograr sus fines cada vez que puede, a menos que la persona ponga fin a esa explotación. Un manipulador no suele dejar libre a sus presas, sino que intenta exprimirlas al máximo pidiendo sacrificios cada vez mayores.

Los tipos de manipuladores

- La víctima. Se trata de un tipo de chantaje emocional muy común pero también muy difícil de detectar porque la persona asume el papel de víctima y te endilga el rol del verdugo. Para estas personas, los demás siempre tienen la culpa, ellos son pobres víctimas humilladas y maltratadas. Con este discurso, despiertan tu sentimiento de culpa y te manipulan.

- El dependiente. Este manipulador se coloca una máscara de persona débil e impotente, que depende de los demás. Sin embargo, detrás de esa apariencia de cordero realmente se esconde un lobo que manipula abiertamente los sentimientos enviando un mensaje muy claro: “no me debes defraudar”. 

- El agresivo. Se trata de personas con mal carácter que pueden explotar en cualquier momento. Su estrategia de manipulación es muy sencilla: se encargan de demostrarte que son los más fuertes, de tal forma que tu personalidad se diluye pues sabes que cualquier paso en falso puede dar lugar a una pelea.

- El interpretador. Se trata de una persona que, a primera vista, parece estar de tu parte, pero utilizará continuamente tus palabras contra ti. Son expertos en manipular la información y ponerla a su favor, en encontrar intenciones ocultas en los mensajes y actos, así generan un sentimiento de culpa por algo que nunca has dicho o hecho.

- El sarcástico. Estos manipuladores no ponen sus cartas sobre la mesa sino que prefieren jugar a buen resguardo. Por eso sus técnicas son los comentarios sarcásticos, las críticas veladas y las humillaciones. De esta forma demuestran su superioridad, te denigran y logran manipularte a su antojo.

- El proyector. Estas personas creen que son perfectas y que los demás están llenos de defectos. Por tanto, cada vez que pueden, te hacen notar que te has equivocado o que no has cumplido con sus parámetros, generando así una gran inseguridad y falta de confianza que juega a su favor ya que ellos se erigen como buenos mentores o jueces supremos.

¿Cómo detener a un manipulador?

1. Conoce tus derechos fundamentales

El primer paso para hacerle frente a un manipulador es ser consciente de que tus derechos están siendo violados. Los debes defender, pero sin hacerle daño a los demás. Concientiza que:

- Tienes derecho a ser tratado con respeto.

- Tienes derecho de expresar tus sentimientos, opiniones y deseos.

- Tienes derecho a establecer tus propias prioridades.

- Tienes derecho a decir "no" sin sentirte culpable.

- Tienes derecho a protegerte ante una amenaza física, mental o emocional.

- Tienes derecho a crear una vida propia.

2. Mantén la distancia

Las personas manipuladoras a menudo se mueven entre los extremos. Es decir, tienen dos caras, pueden ser muy amables con algunos y extremadamente groseros con otros, pueden parecer indefensos y al instante siguiente, comportarse de manera agresiva. Si conoces a una persona así, lo mejor es mantener la distancia porque es probable que se trate de un manipulador. 

En el caso de que ya hayas caído en sus redes, intenta minimizar el contacto. No se trata de huir pero no hay necesidad de exponerse innecesariamente a sus ataques.

3. Evita culparte

Una de las estrategias del manipulador consiste en despertar un sentimiento de culpa en su víctima. Sin embargo, si están vulnerando tus derechos, debes ser consciente de que la víctima eres tú y que no tienes por qué sentirte culpable. Si no llevas esta situación al plano emocional, el manipulador habrá perdido la batalla. Pregúntate:

¿Estoy siendo tratado con respeto?

¿Las expectativas y demandas de esa persona son razonables?

¿Se trata de una relación en la que solo uno da y el otro no entrega nada a cambio?

¿Me siento bien conmigo mismo en esa relación?

Tus respuestas te darán pistas importantes porque te permitirán evaluar si el "problema" en la relación eres tú o la otra persona.

4. Devuelve las preguntas

A veces, para desenmascarar a un manipulador es suficiente con hacerle unas cuantas preguntas, estas le indicarán que no eres una persona fácil de manipular y que conoces sus intenciones, aunque intente ocultarlas. Por ejemplo:

¿Te parece una petición razonable o justa?

Según tú, ¿qué tendría que responder?

¿Me lo estás pidiendo o solo me lo estás comentando?

Estas preguntas hacen que el manipulador se mire al espejo y pueda ver la verdadera naturaleza de su estratagema. Si esa persona tiene cierto grado de conciencia, probablemente retirará la demanda y dará marcha atrás.

5. Usa el tiempo a tu favor

Los manipuladores a menudo realizan demandas irracionales y presionan para obtener una respuesta inmediata porque saben que si reflexionas sobre ello, es probable que te niegues a cumplir sus deseos. Por eso, puedes usar el tiempo a tu favor, cuando te hagan una propuesta respóndeles: "Voy a pensar en ello".

Luego, tómate el tiempo que necesites para evaluar los pros y los contras, con serenidad y sin sentirte presionado.

6. Di “no” con firmeza

Los manipuladores son expertos leyendo el lenguaje no verbal así que si les das un “no” tibio o inseguro, lo notarán y volverán a la carga. Por tanto, cuando no puedas cumplir sus demandas, dilo claramente y sin titubear. No des demasiadas excusas porque te hará parecer indeciso y puede indicar que sientes culpa por la negativa. Simplemente di: “lo he pensado pero no lo voy a hacer”.


Original de:

www.rinconpsicologia.com/2015


sábado, septiembre 23, 2017

Adicción a las redes sociales: el abuso de lo virtual

Adicción a las redes sociales: el abuso de lo virtual


En Psicología y la salud mental en general, el concepto de adicción está muy centrado en la dependencia química a sustancias; de hecho, en los principales manuales diagnósticos el único caso de adicción a algo que no sea una droga que se menciona es el de la ludopatía, aquella en la que no se puede dejar de jugar a los juegos de azar.

Sin embargo, fuera del ámbito de lo clínico hay otras concepciones acerca de lo que se entiende por “adicción”, y estas suelen cambiar más rápidamente que las categorías más o menos rígidas a las que se llega a través del consenso científico. Esto se nota especialmente en el ámbito de las nuevas tecnologías, en el que ya se empieza a hablar acerca de un fenómeno relativamente nuevo: la adicción a las redes sociales. Y es que la generalización del uso de Internet tiene sus ventajas, pero también sus riesgos.

¿Qué es la adicción a las redes sociales?

Tal y como su nombre indica, la adicción a las redes sociales es una relación de dependencia que alguien desarrolla hacia estas plataformas virtuales de interacción con otros, aunque en realidad hay algo más que esto. Las personas que se obsesionan con las redes sociales no piensan todo el rato en el placer que el uso de la red social les hace sentir, sino en lo que se consigue a través de esa plataforma.

Eso significa que el uso de estos servicios no genera un “pico de placer”, sino que lo que se gana es más bien el hecho de evitar desaparecer del mapa social. Normalmente no se busca una recompensa, sino que se trata de prevenir el perderse eventos, no enterarse de ciertas noticias, etc. Es algo que recuerda al fenómeno del síndrome FOMO (fear of missing out), con el que esta clase de adicción está relacionada.

Por otro lado hay que tener en cuenta que la adicción a las redes sociales no es simplemente la creación de una dependencia al uso de los ordenadores. De hecho, si algo caracteriza ahora a las redes sociales es que están por todas partes: tablets, smartphones, PCs y otros ordenadores convencionales… incluso en redes virtuales a las que se accede a través de videoconsolas.

La aparición de este problema en Internet

Uno de los aspectos más negativos de la adicción a las redes sociales es que hay muchas personas que pueden caer en ella. El motivo es que estas herramientas no tienen la mala fama de, por ejemplo, las drogas ilegales, y que el hecho de que los demás las usen crean más motivos para unirse al fenómeno. Incluso por motivos profesionales, en muchos sectores es recomendable abrirse un perfil en Facebook, Twitter, Instagram, etc.

En segundo lugar, como las redes sociales han ido mucho más allá del ordenador, nos pueden seguir a todos lados desde la tablet o los smartphones, desde los que pueden invadir periódicamente nuestras vidas a través de vibraciones y sonidos. En Psicología, esto puede ser entendido como un proceso de aprendizaje que lleva a un solo resultado: pensar todo el rato en términos de redes sociales, ya que estas nos recuerdan constantemente que están ahí.

En el caso de los adolescentes, su tendencia la impulsividad y su necesidad de tener una influencia social amplia y expansiva puede hacer que caigan rápidamente en esta clase de tendencias. Facebook, por ejemplo, ofrece el valor añadido de reunir todos los tipos de interacciones sociales en un solo lugar: publicación de fotografías y selfies, compartir enlaces y contenidos multimedia como las canciones o los vídeos de humor con los que uno se siente identificado, publicación de la existencia o no de una relación sentimental, etc.

¿Qué tipo de persona cae en esta obsesión?

Si hace unos años el estereotipo de persona obsesionada con las nuevas tecnologías era un varón adolescente o joven adulto con un reducido número de amigos que no se podía desprender del ordenador, actualmente los adictos a las redes sociales presentan un perfil mucho más heterogéneo al que se han añadido en masa las mujeres jóvenes y las adolescentes con habilidades sociales relativamente buenas.

Las redes sociales son entendidas actualmente no ya como una limitación de las relaciones, sino que han pasado a ser el “escaparate” público por el que hay que pasar de manera casi obligatoria para ser alguien relevante en una comunidad de amigos y conocidos, sea grande o pequeña, o para llegar a cosechar fama por lugares que nunca se visitará.


De este modo, un perfil en Facebook es mucho más que un medio para mantener el contacto con conocidos: es el ecosistema en el que todo lo relevante en términos sociales ocurrirá. No en vano, por ejemplo, se ha llegado a crear un concepto para referirse a que un noviazgo no empieza de verdad hasta que no aparezca en un estado de Facebook: se habla de relaciones “Facebook official”.

Tomado de : https://psicologiaymente.net/clinica/adiccion-redes-sociales

7 consejos para dejar de ser una persona egoísta

7 consejos para dejar de ser una persona egoísta


En mayor o menor medida todos somos egoístas en algunos aspectos. Sin embargo, hay personas que lo son en exceso y su comportamiento llama mucho la atención. Cuando los demás son egoístas solemos detectarlo rápido, pero cuando somos nosotros los que mostramos esta actitud, nos cuesta reconocerla y detectarla.

Pero, ¿vale la pena ser egoísta? Lo cierto es que el egoísmo puede estropear muchas relaciones interpersonales. Si piensas que estás siendo egoísta y quieres cambiar tu conducta, este artículo te va a interesar.

Todos sabemos qué significa ser egoísta y a nadie le gusta estar rodeado de uno de esos tipos que no tienen en cuenta nuestras necesidades. Cuando tenemos cerca a una de esas personas que miran solo por el beneficio propio y raramente mueven un dedo si no va a sacar algo a cambio, difícilmente vamos a establecer una amistad profunda ni vamos a darles nuestra confianza.

Las personas egoístas no gozan precisamente de una gran simpatía por parte de los demás. En resumen, las personas egoístas:


  • Son poco propensas a compartir. A no ser, claro está, que quieran sacar un beneficio a cambio.
  • Tratan de obtener recompensas de las situaciones cotidianas.
  • Se sienten muy ofendidas y rencorosas cuando no consiguen lo que quieren.
  • Se esfuerzan lo mínimo, y siempre por su propio bien.
  • No tienen interés en los demás, solo en ellos mismos.
  • Son insaciables y siempre quieren más.
  • No se detienen hasta conseguirlo.
  • Y es que esos individuos que son de “primero yo y después yo” crean relaciones tóxicas, ya sean de pareja, en el trabajo o de amistad. Los individuos egoístas no siempre son conscientes de que lo son o del daño que hacen, pero acaban manipulando su entorno para obtener lo que quieren.


Qué hacer si eres egoísta
El egoísmo es un comportamiento más o menos habitual de las personas, pero eso no quiere decir que no se puedan adoptar comportamientos para ser más conscientes de cómo nos comportamos con los demás, para mejorar así la calidad y la cantidad de nuestras relaciones. 

Si crees que te estás comportando como un egoísta y quieres cambiar tu forma de actuar, puedes seguir estos consejos.

1. Reflexiona y acéptalo
Para poder cambiar es necesario ser consciente de lo que no te gusta. Esto es clave para pasar a la acción y transformarte. Por tanto, para dejar de ser egoísta el primero paso es reflexionar sobre cómo tu comportamiento daña a los demás y a ti mismo.

Y es que el egoísmo rompe relaciones, causa sufrimiento y puede llegar a provocar un intenso sentimiento de malestar. Para evitarlo, debes examinar tus acciones egoístas y cómo éstas afectan a las personas que te rodean. Ahora bien, cuando se arrepiente de ser egoísta la culpa puede adueñarse de él. Entonces es es necesario aceptar este comportamiento y reconocer esta actitud no es beneficiosa para ninguna de las dos partes.

2. Cambia tu perspectiva
Una vez que reconoces que estás siendo egoísta es necesario cambiar de perspectiva, y esto puede requerir esfuerzo y voluntad. Cambiar de perspectiva significa asumir que no siempre vas a tener la razón y que las opiniones de los demás también cuentan. Una vez comprendas esto, ya puedes comenzar a ofrecerle algo a los demás y no solamente pensar en recibir todo el tiempo.

Recuerda que cuando damos a otras personas nos sentiremos mejor, porque ayudar a los demás también es beneficioso para el que presta ayuda y no sólo para el que la recibe. Esto es lo que concluye un estudio basado en imágenes cerebrales realizado por científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).


3. Deja de creer que eres el centro del mundo
La egolatría, el egocentrismo y el egoísmo son lo mismo para muchas personas, pero en realidad no es así. Por ejemplo, se puede ser egoísta sin ser ególatra. Ahora bien, estos conceptos muchas veces van de la mano. El egoísta quiere todo para sí mismo, es comportamiento y una actitud. Sin embargo, mientras la egolatría es que uno se quiere mucho a sí mismo. el egocentrismo es que la personas piensa que el centro del universo y que las opiniones de los demás están por debajo de las suyas.

Aunque no siempre aparecen juntos estos conceptos, en muchos casos las personas que piensan tanto en sí mismas no tienen en cuenta a los demás ni piensan en sus necesidades. El resultado es que son también egoístas. Dejar de lado esta forma de pensar puede ayudar a dejar de ser egoísta.

4. Debes ser empático
Por tanto, es importante ponerse en los zapatos de los demás y prestar atención a cómo se éstos se sienten. Una persona que pueda creer que la otra persona sufre, difícilmente le hará daño (a no ser que sea un psicópata).

Muchas veces actuamos de manera negativa hacia los demás porque pensamos que nos quieren hacer daño o porque somos víctimas de los prejuicios, y no nos paramos a pensar en el dolor que le podemos causar al otro. Ser empático es entender a los demás, y por tanto, sentirse abierto a sus sentimientos y emociones.

5. Escucha activamente
Para entender las emociones de los demás es indispensable que les escuches. Pero no es lo mismo escuchar que oír. Para escuchar hay que prestar atención no solo a lo que la otra persona verbaliza, sino también a lo que expresa mediante su lenguaje no verbal y su comportamiento.

Esto es lo que se conoce como escucha activa, que es una habilidad que puede ser adquirida y desarrollada con la práctica. 

6. No solo recibas, también debes dar
Cuando entiendes los sentimientos de los demás y sus necesidades, entonces puedes abrir tu corazón y ofrecerles algo. Los seres humanos necesitamos rodearnos de otras personas para sentirnos felices. Por tanto, anticípate a las necesidades de los demás y demuéstrales que te importan. Seguro que te lo agradecerán.

7. Haz el esfuerzo
No siempre es fácil actuar de manera compasiva y altruista, porque el egoísmo tiene mucho que ver con cómo nos han educado y la sociedad en la que vivimos, que fomenta este tipo de prácticas.

Los seres humanos queremos el placer inmediato, y esto, muchas veces, hace que no tengamos en cuenta a los demás y las consecuencias de nuestras conductas. Por eso es necesario poner de tu parte, porque la voluntad es clave a la hora de ser compasivo y amigable. Mejor que le gente te recuerde como una buena persona que como alguien egoísta. 

Tomado de: https://psicologiaymente.net/personalidad/consejos-dejar-de-ser-persona-egoista